
El domingo 13 de julio de 2025, la congregación del Centro Olivet en Puerto Ordaz concluyó su serie de sermones sobre el libro de Filipenses con un profundo mensaje del pastor Alexander Duque. Titulado «El Descenso y la Exaltación de Cristo», el sermón se centró en Filipenses 2:1-11, explorando cómo la humildad de Jesús no solo definió su misión, sino que también estableció un modelo para la vida y la unidad de la iglesia.
El pastor Alexander enfatizó que la esencia del mensaje radica en adoptar «la mente de Cristo», una actitud de servicio y altruismo que prioriza a los demás sobre uno mismo. Citando el contexto de Filipenses, recordó a la congregación que Pablo escribió desde la prisión a una iglesia dividida donde los conflictos internos amenazaban la unidad.
La solución propuesta no consistía en mandatos legalistas, sino más bien en una invitación a imitar el ejemplo de Cristo: «Si hay algún consuelo en Cristo, si algún amor, si alguna comunión, completad mi gozo con humildad y cuidado mutuo» (Fil. 2:2).
Enfatizó que la humildad no es debilidad, sino el reconocimiento de que nada en nosotros merece gloria. La reflexión de Pablo sobre la vida de Cristo no era teología abstracta, sino un llamado práctico a «considerar a los demás como superiores a nosotros mismos» y a «mirar no solo por nuestros propios intereses, sino también por los intereses de los demás» (Fil. 2:3-4). Esta mentalidad, explicó el pastor Duque, rompe con la naturaleza humana caída, que busca la competencia, la elevación y la autoprotección. «La vida cristiana no es un espacio para la ambición, sino para el servicio», reflexionó, señalando cómo Jesús «no se aferró a su divinidad, sino que se despojó de sí mismo para servir».
La segunda parte abordó el «descenso» de Cristo desde su gloria eterna a la humanidad. El pastor Duque describió cómo Jesús, aunque «por naturaleza Dios» (Fil. 2:6), no explotó su igualdad con Dios para obtener privilegios, sino que se convirtió en siervo. «Dejó el trono celestial para tomar el mandil de un siervo, nació en un pesebre y vivió como uno entre nosotros», dijo. Este acto no fue una pérdida, sino un intercambio: «El Creador se hizo criatura para redimir a las criaturas; el Santo se hizo externo para que nosotros fuéramos hechos justicia» (2 Cor. 5:21).
El clímax se centró en la cruz como la máxima expresión de la humillación de Cristo. «Jesús no murió por ignorancia ni fracaso, sino por obediencia. Su muerte en un madero maldito fue el precio para liberarnos de la condenación», declaró el pastor Duque. Este sacrificio, aunque doloroso, reveló la profundidad del amor de Dios: un amor que no posee poder, pero lo entrega por los demás.
La tercera dimensión destacó la exaltación de Cristo después de su muerte. «Dios no dejó a su Hijo en el sepulcro; lo resucitó de entre los muertos, lo sentó a su diestra y le dio un nombre sobre todo nombre», proclamó el pastor Duque, enfatizando que la humillación de Cristo no fue el fin, sino el camino a la victoria. Sin embargo, esta promesa se extiende a quienes siguen su ejemplo: «Quienes dan su vida por amor serán exaltados por Dios. La gloria no se aferra, sino que se libera para el Reino».
En conclusión, el pastor Duque instó a la iglesia: «La humildad no es pasividad, sino poder dirigido hacia los demás. Al imitar a Cristo, no perdemos nuestra identidad, sino que la encontramos en su propósito». Exhortó a los creyentes a «no buscar sus propios intereses, sino el bienestar de la comunidad», haciendo eco de la súplica de Pablo.
«Que seamos una iglesia que no busque su propia grandeza, sino que siga al Rey que se hizo siervo, y al hacerlo, encuentre la verdadera gloria», concluyó el pastor Duque. Este mensaje recordó a la congregación que el Evangelio no se trata de dominación, sino de amor que se extiende para elevar a los demás. Al adoptar la mentalidad de Cristo, los creyentes no solo transforman su destino, sino que también reflejan el carácter de Aquel que, siendo Dios, se hizo humano para hacernos divinos.
Escrito por Jackeline Gutiérrez