




El primer domingo de julio de 2025, la congregación del Centro Elim Venezuela en Valencia se reunió en un ambiente de gratitud y comunión espiritual para celebrar un servicio dominical marcado por un profundo mensaje sobre la perseverancia y el propósito divino. Bajo el título «Avanzando Hacia la Meta», el misionero Juan Caraballo impartió una enseñanza basada en Filipenses 3:4-16, enfatizando cómo la obediencia, el perdón y el esfuerzo constante son pilares esenciales para alcanzar el supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.
El mensaje comenzó con un análisis de la obediencia de Abraham en Génesis 22, donde Dios lo probó al pedirle el sacrificio de su hijo Isaac. El misionero Caraballo enfatizó que esta prueba no fue una exigencia cruel, sino una invitación a demostrar una fe absoluta en el carácter y las promesas de Dios. «La obediencia de Abraham lo convirtió en el Padre de la Fe», reflexionó Caraballo, recordando a la congregación que las metas espirituales no se alcanzan por méritos humanos, sino mediante la confianza incondicional en Dios. Este ejemplo histórico ilustró la importancia de responder con fidelidad al propósito que Dios ha ordenado para cada vida.
La enseñanza se centró entonces en el testimonio del apóstol Pablo, cuyo encuentro con Cristo en el camino a Damasco lo transformó de perseguidor de la Iglesia a siervo inquebrantable del Evangelio. Citando Romanos 9:6, Caraballo destacó cómo Pablo, al encontrarse con Cristo resucitado, abandonó el orgullo religioso y los logros humanos para preguntar humildemente: «Señor, ¿qué quieres que haga?». Esta entrega, lejos de ser pasiva, marcó el inicio de una carrera espiritual definida por la gracia. «Pablo no solo recibió perdón; fue redirigido hacia una misión eterna», señaló Caraballo, subrayando que el encuentro con Cristo no solo salva, sino que impulsa a los creyentes a un propósito renovado. Un momento crucial abordó el perdón como la base del crecimiento espiritual. Caraballo recordó a los oyentes cómo Pablo, tras conocer a Jesús, no solo fue perdonado por su pasado, sino que también fue capacitado para llevar el Evangelio a las naciones. «El perdón no es simplemente un borrón y cuenta nueva en la historia personal; es el fundamento para levantarse y correr hacia la meta», declaró, citando Hechos 9:15-16 como prueba de que incluso quienes están lejos de Dios pueden convertirse en instrumentos de su voluntad cuando se entregan. Esta verdad se extendió a la congregación: «Quienes se han reconectado con Cristo deben dejar de aferrarse a su historia de pecado y avanzar hacia lo que Dios ha preparado».
El sermón también enfatizó la perseverancia en el camino cristiano. Basándose en 2 Crónicas 18:20, Caraballo instó a la iglesia a «tener ánimo y esforzarse» incluso cuando las circunstancias parezcan desalentadoras. «No se trata de llegar perfecto, sino de seguir adelante, confiando en que Dios completa lo que ha comenzado en nosotros», añadió, haciendo referencia a Filipenses 1:6. La metáfora del atleta olímpico en 1 Corintios 9:24-25 ilustró cómo los creyentes deben vivir con disciplina y enfoque, sabiendo que «la corona que recibimos no es pasajera, sino eterna» (2 Timoteo 4:8).
Una profunda reflexión giró en torno a la radical reevaluación que Pablo hizo de sus logros religiosos. «Todo lo que antes consideraba ganancia, ahora lo considero pérdida por la excelencia de conocer a Cristo», citó Caraballo de Filipenses 3:7-8, enfatizando que nada en este mundo —ni moralidad, ni méritos, ni tradiciones— puede compararse con el inmensurable valor de conocer a Cristo. «La vida cristiana no se trata de acumular logros, sino de abandonar la autosuficiencia para abrazar la justicia por la fe», concluyó, instando a los asistentes a medir la espiritualidad no por estándares externos, sino por la intimidad con Cristo.
El sermón concluyó con un llamado a la unidad y la determinación. Citando Santiago 1:12, Caraballo recordó a la iglesia que «quienes perseveren hasta el fin serán coronados», y que esta perseverancia se vive en comunidad: «Perdonémonos, animémonos unos a otros y sigamos adelante cada día, porque la meta no es individual, sino colectiva: ser conformados a la imagen de Cristo y extender su Reino». La enseñanza reforzó que el perdón y la reconciliación son vitales para mantenerse en la carrera, ya que «una vida dividida por el resentimiento no puede reflejar la unidad que Cristo exige» (Efesios 4:3).
Este mensaje recordó a la congregación que la vida cristiana es una carrera guiada por la gracia, donde cada paso hacia la meta es un testimonio del poder transformador del Evangelio.